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ALGUNAS CLAVES ECLESIALES Y POLÍTICAS

eajandoain @ 01:33

Oídos sordos. José Ignacio Munilla toma el ministerio episcopal de la Diócesis con una contestación del 80% de los párrocos en contra de que se le haya nombrado obispo de la Iglesia de Gipuzkoa. No la consideran la persona adecuada para ser obispo de Donostia por ser conocida su desafección a la línea pastoral de la Diócesis recogida en el documento “Una Iglesia al servicio del Evangelio”, durante sus años de párroco en Zumarraga (17 años) y temen que vaya a cambiarlo, a la vez que dichos párrocos han manifestado su intención de continuar con las orientaciones seguidas hasta ahora. A su vez, cientos de laicos y religiosos exteriorizan también su malestar e inquietud en otro documento que critica el nombramiento. Cuando menos, llama la atención en la sociedad y en el mundo político que se haga oídos sordos ante tal protesta. ¿Quién se atrevería a tomar el timón de una asociación, empresa, institución... teniendo en contra el 80% de sus colaboradores más estrechos? Una diócesis austriaca (la de Linz) recibió la noticia del nombramiento de un obispo auxiliar con un levantamiento de gran parte de la comunidad cristiana. Este obispo nombrado en cuestión dio marcha atrás y no tomó posesión de su cargo. Por su parte, los obispos de Austria publicaron una Carta Pastoral en la que decían comprender la preocupación de los cristianos ante el riesgo del nombramiento de un obispo contra la iglesia local en lugar de un obispo para la iglesia local. Pero aquí no sucede nada parecido. ¿Por qué?

Loapa eclesial. Hay una gran preocupación y malestar porque desde la Jerarquía de la Iglesia se trate de difuminar la personalidad diferenciada de la Diócesis gipuzkoana. Este “hecho diferencial” de esta Iglesia del lugar la abre el Concilio Vaticano II (1962-1965), por el que cada Diócesis es la Iglesia real de cada pueblo y momento histórico singular en el que ha de anunciar y vivir el Evangelio, formando la Iglesia universal entre todas. Pero la universalidad o globalidad no difumina las características e identidad propias de cada Diócesis, que se enraiza en cada lugar con perfiles, problemas, potencialidades... propios. Pongamos por caso una diócesis en Etiopía, en Japón o en Alemania y tomemos la de Gipuzkoa. No son idénticas, no son uniformes. Ni lo han de ser. Si no, se está haciendo algo mal en la Iglesia y en las mismas diócesis. Todas tienen en común el Evangelio y como referente a Jesús. Pero cada una tendrá que elaborar su propio proyecto pastoral y ofrecerlo de modo singular, adecuado a la idiosincrasia del lugar. Una Iglesia de este estilo supone que el Vaticano II es una gran descentralización. No obstante, ahora se impone la centralización desde Roma y las direcciones de las Conferencias Episcopales, siendo un exponente cercano Rouco Varela, el cardenal arzobispo de Madrid. Y se pretende que los obispos diocesanos sean meros portavoces y altavoces de la línea marcada por Roma y Madrid, perdiendo el acento y la voz que identifica a una iglesia particular. En definitiva, es una Loapa trasladada a la Iglesia.

Restauracionismo eclesial. Se está volviendo a tiempos anteriores del Vaticano II, en el que el obispo y el sacerdote son el único sujeto de la Iglesia, dueños de la diócesis que hacen y deshacen por sí mismos. Son los únicos que deciden y son los exclusivos depositarios y transmisores de la voluntad de Dios. Entre los cristianos de base y Dios están ellos. Es el suyo un modelo de Iglesia y una concepción de Dios jerárquico, piramidal, de arriba abajo. La participación de los laicos, religiosas, la mujer en general... en las decisiones de la Iglesia está fuera de lugar. Este modo de ser Iglesia es ajeno a la Diócesis de Gipuzkoa. Al contrario, se han creado y consolidado espacios y estructuras eclesiales en los 37 años en que han sido obispos Setién y Uriarte, donde todos los agentes –laicos, religiosos, sacerdotes– participan de tal forma que reflexionan, dialogan y proponen entre todos las líneas pastorales a seguir en la Diócesis. No es únicamente una participación en clave de voluntariado –vital, por supuesto, para desarrollar la pastoral– sino una participación en clave de corresponsabilidad a la hora de decidir entre todos junto a su obispo la orientación propia de la Iglesia del lugar. Ha sido el de Gipuzkoa un modelo de Iglesia que promueve creyentes adultos. Esto se ve expresamente reflejado en la homilía de despedida de Uriarte a la Diócesis. En cambio, no hay rastro de este modelo en la primera homilía de Munilla ya como obispo de Donostia, salvo una genérica mención a que se entroncará en el recorrido de la Diócesis siempre en obediencia a las orientaciones del papa.

La clave política. Los obispos Setién y Uriarte se situaron ante la realidad de Gipuzkoa y de este pueblo nada más tomar posesión de la Diócesis. Su mirada se fijó en seguida en la falta de paz y el anhelo de paz en Euskal Herria. Ambos no dudaron que tenían una palabra y la debían manifestar, desde el Evangelio y el magisterio de la Iglesia. Su ‘pecado’ ha sido en primer lugar, abordar el tema del hecho diferencial vasco y, en segundo lugar, afrontarlo en su integridad desde la verdad y la justicia: no sólo han dicho no a ETA y han condenado la violencia, sino que han ido más allá y han defendido que la paz no es sólo el fin de ETA. Han defendido que, más allá de ETA, en este pueblo existe un problema político que hay que resolver de forma pacífica, dialogada y democrática entre todos sin excluir a nadie. Nunca han escrito ni dicho nada que supusiera un alineamiento de la Iglesia de Gipuzkoa con los fines o programas del nacionalismo vasco. Nunca. Pero han puesto a la Iglesia ante el problema del hecho vasco en su triple dimensión: paz en Euskadi significa no violencia, normalización política, reconciliación. Ésa es la verdad que han defendido. Alguien entendió que la autoridad que todavía tiene la Iglesia en Euskadi favorece a la causa vasca y decidió que había que cortar por lo sano. Así han ido nombrando desde los años 90 a quienes son obispos de las diócesis de Euskal Herria. Ahora, la Iglesia de Gipuzkoa está pagando en el nombramiento de Munilla como obispo de Donostia, el que Setién y Uriarte hayan sido obispos de este pueblo y para este pueblo, a la luz del Evangelio y del Concilio Vaticano II.

Y ahí está la clave política del nombramiento de Munilla. Porque, veamos cómo se sitúa Munilla ante el tema vasco. Hasta ahora lo que hemos leído es lo que ha ido manifestando en diversas entrevistas en medios de comunicación: la sociedad vasca está hiperpolitizada / excesivamente politizada. La tarea que queda por hacer es despolitizar esta tierra vasca. La Iglesia es clave para lograr este objetivo. No tiene nada que ver con el magisterio ofrecido en cuatro décadas por Setién y Uriarte. Veremos en qué concreta Munilla la “despolitización” de la sociedad vasca. Y si toma el camino de sus dos antecesores o si se convierte en mensajero y altavoz de Rouco y de la Conferencia Episcopal Española limitándose a condenar a ETA e ignorando o negando el problema político. En este caso cerraría los ojos a la realidad y, por lo tanto, negaría la verdad y no contribuiría a construir una solución justa. Un error grave que todo obispo debiera evitar.


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